La Digue

La Digue es una isla paradisíaca perteneciente a las Seychelles, un país formado por un archipiélago de 115 islas tropicales bañadas por el Océano Índico ubicado junto al continente africano en el que viven casi 100.000 habitantes en una extensión aproximada de 455 kilómetros cuadrados. 

Sin embargo, en La Digue, únicamente viven unas 2.000 personas en una superficie aproximada de 10 kilómetros cuadrados, siendo la tercera isla más grande del país por detrás de Mahé y Praslin, dos encantadoras islas situadas a 45 y 7 kilómetros de distancia, respectivamente.

A pesar de su tamaño, La Digue posee playas de gran belleza natural por el conjunto que forman sus pintorescas rocas de granito, bañadas por aguas cristalinas de colores asombrosos sobre arena blanca, concediéndole una belleza impresionante. De hecho, tiene la fama de tener la playa más bonita del mundo, la llamada Anse Source D’Argent. 

Aparte de playas de ensueño y cocoteros, en ella residen las peculiares tortugas gigantes de Aldabra, fáciles de ver en L’Union Estate, donde además, hay plantaciones de vainilla.

La Digue se encuentra en estado salvaje en el que tan sólo el epicentro del pueblo y algunas casas sueltas molestan a la naturaleza, permaneciendo una gran parte de la isla en un estado natural y salvaje. En esta isla el medio de transporte por excelencia es la bicicleta, puesto que casi todo el mundo (por no decir todos) la utilizan para desplazarse en su día a día.

¿Qué ver en La Digue-Seychelles?

¿Qué ver en La Digue?

¿Dónde dormir en La Digue-Seychelles?

En mi visita a esta isla decidí hospedarme en el complejo llamado La Digue Island Lodge, un recinto frente a la playa de Anse Reunion y muy cerca de la playa más bonita del mundo. Pero la decisión de alojarme aquí no fue por eso, sino por sus preciosos chalets de madera de forma triangular ubicados frente al mar rodeados de cocoteros, los cuales resultaron ser perfectos, tal y como yo imaginaba. 

El apartamento era muy amplio y confortable, se escuchaba la brisa del mar las 24 horas del día y tenía una pequeña terraza con dos cómodas hamacas en la entrada que eran idóneas para relajarse viendo el anochecer, o para tomarse una copa plácidamente tras la cena escuchando el Océano Índico. Aunque lo que acaparó mi completa atención fue su aseo, ya que estaba casi al aire libre y me duchaba en el patio rodeado de árboles. 

La casa contaba con una segunda cama individual sobre el aseo a la que se accedía por una escalera imitando a una buhardilla, por lo que si vais en familia o varios amigos esta habitación os puede ser muy útil para estar todos juntos.

La piscina del complejo era enorme y tenía varias mesas y hamacas orientadas al anochecer bajo unos árboles creando un ambiente muy chill out, pero lo mejor de todo era su bar dentro del agua, pudiendo tomar unos cócteles a remojo. También disponía de salas de masajes.

Sin embargo, hubo varias cosas del recinto que no me gustaron, como por ejemplo, el agua embotellada de la habitación no estaba incluida (con el precio que tenía el hotel) y que era muy caro si lo comparo con el Hilton en Mahé, donde todos los impuestos estaban incluidos y aún así era más barato. Estos impuestos eran de un 10% por el servicio más un 15% por las bebidas alcohólicas, por lo que costaba un riñón tomarse algo. 

Tampoco me agradó mucho el horario de la cena, puesto que solo era de 19:00-20:00 teniendo que regresar “temprano” al recinto para llegar a tiempo, así como que tras la cena no había ambiente y tocaba irse a dormir o la terraza de casa pero eso reportaba paz y tranquilidad al recinto sin gente merodeando hasta las tantas. 

Su buffet estaba muy rico y era bastante variado, ningún día se repetía la comida y los postres estaban de muerte. Las bebidas no estaban incluidas y el agua tenía un precio razonable de 56,25 SCR (3 €) pero una botella de vino… se pagaba bien.

En relación al Wi-fi, era desesperante. Aunque no lo utilizaba mucho porque solo estaba por la noche y para desayunar en el hotel, éste se desconectaba cada dos por tres y había que meter de nuevo el usuario y la contraseña. 

En resumen, no se si volvería de nuevo a pesar de su magnífica ubicación y la simpatía de sus trabajadores (quienes tardaban lo suyo en el servicio) o buscaría otro alojamiento frente al mar por el pueblo. 

Por último, mencionar que en la entrada al complejo hay un puesto de alquiler de bicicletas y un supermercado que catalogé como el mejor de los 3 en los que estuve porque tenían absolutamente de todo y a buen precio, bollería, un montón de cervezas y vinos, potitos, patatas, frutos secos y mucho más.

¿Cómo llegar a La Digue desde Mahé?

Para llegar a La Digue desde Mahé hay que tomar un ferry, el cual se ubica en el atracadero Cat Cocos Berth a unos 10 kilómetros (15´) del aeropuerto, concretamente en ésta ubicación. Normalmente si vais por agencia lo más probable es que tengáis incluido el trayecto del aeropuerto al puerto donde se ubica el ferry. Pero si no, podéis ir en taxi tal y como hice yo, aunque son carísimos. En mi caso me soplaron 600 SCR (37,50€) pero era la forma más rápida y única de llegar sin shuttle al muelle según la información que me dió la chica del mostrador del aeropuerto.

Una vez en el puerto, chocantemente solo hay una compañía de ferries que hace posible alcanzar la isla de La Digue llamada Cat Cocos, y por si fuera poco, en 2021 tenía unos horarios muy limitados que actualizaba mensualmente. Por ello, os sugiero que reservéis con antelación vuestro asiento porque si os esperáis a contratarlo una vez allí, es muy probable que no haya sitio en el ferry, como me pasó a mí. 

Cat Cocos ofrecía dos trayectos; uno que iba directamente desde Mahé a La Digue, y otro que pasaba brevemente por el puerto de Praslin para dejar y recoger pasajeros. Yo solo tuve la oportunidad de coger éste último y su precio fue de 930SCR/persona/trayecto (unos 60€) con una duración de 1:15’ hasta Praslin y tan solo unos 15’ hasta La Digue. Aquí podéis echarle un vistazo a los horarios y reservarlo.

Mi cuaderno viajero

Las Seychelles fueron mi primer destino turístico en África y no me decepcionaron en absoluto, sino al contrario, ir para allá fue un acierto en mayúsculas. Al ser unas islas paradisíacas, y al haber estado con anterioridad en O’ahu, en cierto modo pensaba que me encontraría un lugar similar a Hawái en cuanto al estilo de vida y me encontré una grata sorpresa, y no por conducir por la izquierda, que lo desconocía, sino porque no se parecía en nada a lo que me había imaginado, descubriendo así, un mundo nuevo para mí, la maravillosa isla de La Digue.

Mi estancia en La Digue fue como vivir un sueño del que nadie se quiere despertar, porque en ella encontré un auténtico remanso de paz en el que tan solo se escuchaba la brisa del mar, los pájaros trinar y las hojas de los árboles moverse al son del viento. Además, la isla estaba prácticamente sin turistas y las playas estaban casi solitarias. De hecho, en alguna ocasión estuvimos hasta solos, algo que es impensable en un lugar paradisíaco, por lo que creo que estuve en el lugar adecuado y en el momento oportuno, simplemente fue perfecto. 

Deduzco que la ausencia de turistas se debía a que estuve a principios de noviembre y no está catalogado como temporada alta, puesto que hay un gran riesgo de lluvias (14/30 días) pero por suerte no llovió ni un día. Y, si a todo esto le sumo que en ella descubrí hermosas playas de ensueño de arena blanca con agua completamente cristalina, más unas preciosas rocas de granito, más una magnífica temperatura que oscilaba entre unos 29º-31º haciendo que el agua estuviese súper caliente y las rutas en bicicleta, podría decir que ¡La Digue es perfecta!.

Por estas razones más que obvias, decidí omitir ir de excursión a Praslin y quedarme un día más disfrutando de La Digue, ya que todo lo anterior formaba un pack completamente imposible de rechazar, ¿no creéis?.

Al llegar a la isla me encontré con que la bicicleta era el medio de transporte por excelencia entre los lugareños y que apenas había coches. Era como si se hubiera parado el tiempo, los seychelenses iban en bicicleta transportando sacos, cajas, herramientas y todo lo que os podáis imaginar en ellas, de la misma manera que iban al trabajo y a la escuela sobre este mítico vehículo. Por ello, los turistas también utilizaban las dos ruedas para conocer los rincones de la isla, y lógicamente, yo no iba a dar el cante y ser menos, por lo que alquilé una y disfruté como el que más recorriendo los 10 kilómetros cuadrados de la isla de punta a punta.

Pero no todo fue ir plácidamente en bicicleta, también tuve que caminar por pequeñas montañas a través de senderos escarpados para alcanzar playas exóticas en las que había como mucho unas 20 personas. Era alucinante, aún hoy en día lo pienso y me parece un auténtico privilegio haber compartido este pequeño paraíso con tan pocas personas. Estas mini rutas de senderismo fueron verdaderamente una gozada, parecía que estaba en la película “La playa” (The Beach), siempre aparecía una playa fascinante oculta tras la naturaleza, fue sensacional.

Tras mi paso por La Digue dividí la isla en dos secciones, la costa cómoda y la costa salvaje: la primera ocupa la zona oeste, norte y noroeste de la isla en la que se encuentran las playas que catalogo como más normales, pero en cambio, se encuentran en tan solo 5 kilómetros y se van descubriendo en bicicleta, de ahí mi calificativo como cómoda. Aquí se encuentran entre otras playas la Anse Severe y la Anse Banane, donde me encontré enormes tortugas danzando a sus anchas y la Anse Patate, la playa que más me gustó después de la catalogada como la playa más bonita del mundo, Anse Source d’Argent.

Como creo que le pasa a toda persona que visita la playa Anse Source d’Argent, este trocito de paraíso me cautivó, ya que era una playa vestida por gigantescas formaciones de piedras de granito y cocoteros que le daban una belleza asombrosa, sin dejar cabida a la duda en cuanto a su fama. Este portento de playa tropical estaba formada por unas 4-5 playas de fácil acceso a excepción de la última, que aunque no era difícil, tuve que llegar a ella caminando por el agua siguiendo los caminos ya hechos por la huella humana entre bancos de arena con mini algas bordeando rocas llenas de enormes cangrejos. 

Tuve la gran suerte de estar casi solo, y que tan solo se escuchen las olas del mar en un lugar como este, no tiene precio. De hecho, en la última playa sí que estuve absolutamente solo y fue alucinante, no tenía que compartir la playa más bonita del mundo con nadie, aunque tampoco me hubiese importado. Creo que la gente se quedaba en las primeras playas y no indagaba más. 

También me gustó tanto porque tenía un par de bares para tomar cócteles riquísimos y cocos, así como hamacas y columpios, por no hablar de la temperatura del agua, parecía que estaba en una sauna. 

Así pues, me quedé a ver el anochecer, presenciando una alucinante secuencia de colores según iba cayendo el sol e iluminaba las rocas dejando un color en ellas diferente, el granito negro y gris había dado paso a un tono anaranjado. A día de hoy es la playa más bonita que he visto junto a Whitehaven Beach (Australia) y Cathedral Cove (Región de Waikato, NZ).

Como ya he dicho, esta playa es fabulosa, pero, la única pega que le pongo es su agua, que aunque también era totalmente cristalina su color no era tan bonito como esperaba, ya que había visto fotos y tenía un color vibrante. Esto se debe a que había muchas algas y el aspecto que tenía el agua me daba la sensación de que estuviese sucia, algo que no es así, porque entre otras cosas, la presencia de estas plantas es señal de que el agua está limpia. Pero esto es solo una apreciación que no ensució su prestigio. Y por cierto, como casi todo en la vida hay que pagar para poder acceder a ver esta preciosidad de la naturaleza, en la guía os doy más detalles.

Y ahora mi costa favorita, la cual se ubica en el lado sureste de la isla y donde se hallan playas salvajes ocultas a rebosar de vegetación y delimitadas a cada lado por piedras de granito, accesibles mediante pequeños trails.

Uno es el Anse Songe Nature Trail, un breve sendero hasta una playa con un entorno muy bonito pero con muchas rocas tanto dentro como fuera del agua con poco espacio para un baño placentero. En otras palabras, tras haber visto las demás no me pareció gran cosa, pero tenía su encanto. Y el otro es el Anse Caiman Nature Trail, éste sí que es otro tema. 

Esta ruta era mucho más emocionante y vibrante que la anterior, y por tanto, me transmitió muy buenas sensaciones y la viví como un auténtico explorador, con mi mochila y mi chancla rota descubriendo playas casi despobladas andando entre la maleza tropical y encontrando al final de cada trayecto playas de ensueño. Es aquí a lo que me refería anteriormente con que parecía que estaba en la película “The Beach”. 

No tengo palabras para describir lo bien que me lo pasé yendo de una playa a otra, descansando en cada una de ellas y dándome calurosos baños para poder seguir hasta la siguiente, a la vez que recuperaba fuerzas tomando cócteles y cocos en los chiringuitos.

Este trail estaba compuesto por cuatro calas chulísimas de agua cristalina con arena blanca y maravillosas formaciones de granito a sus extremos, a las cuales se accedía recorriendo breves sendas, es decir, de una playa a otra se llegaba andando atravesando pequeños follajes monte a través. Todas las fotos de estas fantásticas playas os las mostraré más adelante en la guía.

Las dos primeras se llamaban Grand Anse y Petite Anse, dos bellas playas super extensas donde el agua parecía que no existía de la claridad que tenía. 

En Grand Anse pasé unos segundos de bastante agobio debido a las fuertes corrientes, todo el mundo estaba “jugando” con las olas (incluido yo) y en una de esas no me fui para adelante con el curso de la ola, sino al contrario, la fuerza del mar me arrastró hacia dentro, pero por suerte, hinqué el talón en la arena y pude aguantar hasta salir con la tercera ola, fueron unos instantes muy tensos. 

Con esto quiero recalcar que tengáis muchísimo cuidado y más aún teniendo en cuenta que no hay socorristas, existiendo además, en la entrada a la playa señales de peligro y de fuertes corrientes. 

En estas playas vi unas especies de medusas redondas transparentes en la orilla muy raras y un mini tiburón nadando en la orilla. Pero tranquilos, aunque esta playa puede parecer de alto riesgo entre el oleaje y lo animales marinos, en teoría no pasa nada, dado que los autóctonos nos contaron que en noviembre es época de cría, por lo que los tiburones vienen a los arrecifes próximos y algunos minis escualos son más atrevidos y se acercan más a la orilla.

La tercera es Anse Cocos, una bahía en forma de U muy acogedora con el mejor chiringuito que encontré en cuanto a cócteles se refiere, sus sabores eran excelentes y estaban bien cargados de “Takamaka” (ron seychelense). Esta playa me gustó muchísimo, en ella había unas pequeñas calas a la derecha donde podía tener una minúscula playa en propiedad, volviendo a estar de nuevo solo en el paraíso. 

Y por último, Anse Caiman, una mini cala a la que conforme me iba acercando me venía cada vez un olor más fuerte a sardina a la barbacoa y pensaba: no puede ser posible, ¿hay una barbacoa en este lugar tan inhóspito o el calor me está haciendo delirar? Pues no, no estaba delirando, ¡estaba en lo cierto! menuda sorpresa y alegría me llevé con el hambre que tenía. Allí había un chiringuito muy artesanal y original donde cocinaban un pescado a la barbacoa riquísimo que el cocinero iba y pescaba entre las rocas en un momento y cocinaba en el acto, más fresco imposible. 

Aquí encontré mi sitio, barbacoa, cocos, un entorno brutal, piedras de granito por todos lados, vegetación y playa, todo ello más agua por 300 SCR (19€). Pero por desgracia, no todo puede ser perfecto, la playa estaba llena de piedras dentro del agua quedando un espacio muy reducido sin ellas para un baño confortable.

Antes de terminar os voy a comentar diversas curiosidades; diría que la isla estaba repleta de turistas alemanes y franceses en un 60%, solo me topé con tres españoles. Por otro lado, había una gran diversidad de fauna entre la que abundaban los mil pies y dos clases de lagartijas muy comunes de las Seychelles, unas eran de color ocre brillante y emitían un ruido muy peculiar y las otras eran mucho más bonitas y sigilosas con un tono verdoso radiante llamadas Green Gecko. 

Y por último, el ron estrella del país, el Takamaka, que al igual que las lagartijas se encuentran por todos lados. Con él se hacen todos los cocteles y hasta elaboran postres, probé un mousse de takamaka para chuparse los dedos. Otro postre curioso fué el arroz de vainilla, tenía su punto.

En definitiva, a día de hoy doy las gracias al boom que hubo tras la pandemia de ir a las Maldivas y que en el hotel que elegí hubiese overbooking, porque gracias a eso pude tocar el cielo en La Digue descubriendo un pequeño trozo del paraíso. 

La Digue es un destino tropical maravilloso que me transportó al pasado transmitiéndome paz y felicidad, todo era más fácil, más simple, mucho más auténtico y natural rodeado de naturaleza, donde la vida transcurría más despacio y era más calmada. 

Por ello,  defino La Digue como un lugar donde la naturaleza descansa del ser humano y la catalogo como un destino obligatorio que hay que visitar al menos una vez en la vida, volvería una y otra vez. Y pensar que estuve a punto de perderme todo esto, porque en Dubái nos enteramos al embarcar que necesitábamos una autorización COVID para entrar en Seychelles y nos pusimos a sacarla mientras los pasajeros embarcaban y el avión nos esperaba… menudo panorama, y para colmo, una autorización no nos llegaba, pero por suerte, nos llegó el email 5 minutos antes de que partiera el avión, menos mal.

"Un viaje se vive 3 veces: cuando lo soñamos, cuando lo vivimos y cuando lo recordamos”.

Anónimo

Guía de La Digue-Seychelles en 2 días

Con esta guía visitaréis prácticamente cada rincón de La Digue en tan solo un par de días, descubriendo un sinfín de playas de aguas cristalinas con arena blanca impoluta rodeadas de naturaleza entre el mayor atractivo turístico del país, las rocas de granito. Ésta combinación y su agua caliente harán que os enamoréis de este lugar, es puro espectáculo.

Al ser una isla tan pequeña podréis visitar casi todas sus playas en tan solo dos días a la vez que las disfrutáis, aunque os recomiendo quedaros al menos un día más para disfrutar tranquilamente de las que más os hayan gustado. Alcanzaréis las playas a través de encantadoras caminatas por senderos que se hallan entre bóvedas verdes y mediante placenteros paseos en bicicleta, la cual debéis alquilar en el centro del pueblo o en vuestro hotel. 

Si tenéis pensado hospedarnos en La Digue Island Lodge la podéis alquilar a la salida del hotel en un puesto que había allí mismo por 100 SCR/día (6€). La bicicleta la tendréis que dejar solitaria en muchas ocasiones a la entrada de playas y trails, por lo que os sugiero pedir un candado por si acaso con el fin de no estar pensando de vez en cuando: ¿estará mi bicicleta cuando vuelva? Yo no tuve ningún tipo de problema sin candado pero más vale asegurar, que ya tuve una mala experiencia en Sausalito, cerca de San Francisco.

Antes de empezar, os dejo un breve resumen de los datos más importantes:

Día 1

Primeramente conoceréis las playas más normalitas de la isla mediante un agradable paseo en bicicleta bordeando la costa y después veréis la nombrada playa más bonita del mundo, pero no sin antes pasar por plantaciones de vainilla y ver tortugas gigantes.

Personalmente, yo saldría bien temprano del hotel y no invertiría más de unas cuatro horas en lo que catalogo como el primer tramo, el cual comprende desde Anse Severe hasta Anse Fourmis (E). Además, os aconsejo que a la vuelta os déis el primer baño del día más relajadamente en la playa que más os haya gustado tras haberlas visitado todas.

Aunque realmente no hace falta un mapa con indicaciones porque el camino es muy intuitivo y solo hay que seguirlo, os lo dejo para que previamente os sirva de guía y que os hagáis una idea de la isla.

Puntos de interés:

Una vez ya sobre las dos ruedas vuestra primera parada del día será en la playa de Anse Severe, en la cual si tenéis suerte como yo veréis tortugas gigantes por ahí merodeando como podéis apreciar en la foto. Si esta es la playa que habéis elegido para el primer baño del día, os aconsejo hacerlo al comienzo de la playa (en la dirección de ida) junto a las rocas, ya que es ahí donde el agua tenía un color más bonito y cristalino. Sin embargo, mi sugerencia es la siguiente playa.

A pocos metros de la playa anterior os encontraréis con Anse Patates (A), una pequeñita cala muy acogedora empotrada entre piedras de granito a unos 10 metros de altura de la carretera, tal y como podéis apreciar en la fotografía. Su precioso color de agua bañaba la finísima arena blanca. Así que por todo esto, y por que también era idónea para hacer Snorkel, esta playa se convirtió en mi favorita del tramo y os propongo para pegaros un remojón.

Las dos siguientes son Anse Gaulettes (B) y Anse Grosse Roche (C). La primera era una playa ancha pero con un color de agua poco llamativo y con más rocas seychelenses de granito. En cambio, Anse Grosse Roche era justo al revés, estrecha y con agua algo más llamativa y pocas rocas graníticas. Para mi estas dos playas fueron las que menos me gustaron y pasé un poco de largo.

Y tras las cuatro primeras llegaréis a Anse Banane (D) y Anse Fourmis, dos playas que tenían un color de agua más resaltado que las dos anteriores. La primera era una playa estrecha con un columpio y una hamaca colgados de un árbol en un extremo, donde podéis haceros unas preciosas fotos de postal para el recuerdo o bien descansar un rato. Y como os he comentado en Anse Severe, si tenéis suerte como yo y aún están por ahí, veréis de nuevo o por primera vez a las majestuosas tortugas de Aldabra.

La siguiente es Anse Fourmis (E), una playa donde encontraréis un mayor número de rocas graníticas entre las que había pequeños espacios de arena formando playas antes del final de la carretera. Una vez ya conocidas estas seis playas de la costa oeste y noroeste podéis poner rumbo hacia L’Union State, iniciando así la segunda fase del día parando antes si os apetece en la playa que más os haya gustado para refrescaros un poquito.

Antes de llegar a la L’Union State haréis una breve parada en Anse Reunión (F), una playa que a mi juicio fue la más simple de todas las anteriores pero que como pilla de camino hacia L’Union State, ¿por qué no verla y así poder juzgarla por vosotros mismos?.

Una vez alcanzada la puerta de L’Union State (G) tenéis que abonar el precio de la entrada al recinto que era de tan solo 125 SCR (8,30€) en 2021. Una vez dentro podréis ver una granja, una galería de arte, rocas gigantes de granito, la playa más bonita del mundo y un viejo cementerio lleno de lápidas de piedra a ras de suelo, siendo lo primero que os encontréis a mano derecha. 

La primera parada dentro del complejo que os recomiendo es para ver las enormes rocas de granito llamadas Giant Union Rock (H), donde además podréis ver a sus pies las tortugas gigantes de Aldabra, asegurándoos así de verlas si no habéis tenido suerte en Anse Severe. Si por casualidad están dándoles de comer vosotros también podréis hacerlo. Por cierto, antes de llegar al recinto había un helipuerto desde el que salen vuelos escénicos o hacia otras islas, podéis echarle un vistazo en Tours en/desde La Digue.

Ahora pondréis rumbo hacia el tesoro más preciado de la isla, la ya famosa Anse Source d’Argent (I). Antes de llegar a ella debéis aparcar vuestro vehículo a escasos metros de la entrada, donde os encontraréis en los alrededores un columpio en un árbol para sacar unas fotos muy bonitas y un puesto de kayaks transparentes para alquilar, los cuales os recomiendo, por que creo que desde ellos tiene que haber una perspectiva panorámica de la playa fantástica (algo que yo no pude comprobar porque estaba cerrado). 

Y después de esto, solo os queda entrar bajo su famosa formación de rocas graníticas que da acceso a la playa y gozar un paisaje inolvidable, disfrutar de sus variadas calas, de su agua calenturienta y de las bestiales rocas de granito, aquí os vais a hartar de ellas.

Aquí os insto a pasar el máximo tiempo posible y que os quedéis hasta el atardecer, contemplando el mágico cambio de color que se percibe en las rocas en este momento del día, así como que lo veáis en LAS PRIMERAS PLAYAS y NUNCA EN LA ÚLTIMA, ya que si os quedáis en ésta, a la que por cierto se accede bordeando rocas por dentro del mar, os será muy difícil volver a causa de la subida del nivel mar, doy fe de ello. 

Si llegáis a esta playa final, algo que os aconsejo por que cuando yo estuve no había nadie y había rocas tremendamente grandes, si os apetece podéis descubrir otra playa más llamada Anse Pierrot, a la que se podía acceder escalando unas rocas que había al final de la playa que no presentaban mucha dificultad, aunque diría que no merece mucho la pena.

En Anse Source d’Argent había tres chiringuitos en los que ofrecían bebidas y comida, por lo que os sugiero hacer la parada para comer aquí y ya disfrutar del resto del día tranquilamente. Concretamente, yo comí en el tercer chiringuito llamado Robinson Crusoe Bar, un chiringuito con una decoración al estilo jamaicano muy acogedora que contaba con un columpio, mesas de madera para comer mirando al mar y una hamaca, y para rematar, cocinaban un pulpo para chuparse los dedos. Yo comí un plato llamado “Octopus Coco” y estaba de muerte, los cócteles también estaban muy logrados.

Por cierto, antes de llegar a Anse Source d’Argent os encontraréis en vuestro camino plantaciones de vainilla. Y por último y más importante, recordaros que no hay socorristas, así que tened mucho cuidado.

Día 2

En este segundo día visitaréis la zona más aventurera de la isla en la que se ubican las playas más salvajes, escondidas y bonitas de La Digue (con el debido respeto a Anse Source d’Argent), las cuales descubriréis a pie mediante dos apasionantes trails que discurren entre rocosas montañas atestadas de flora y fauna. Estos son: el Anse Songe Nature Trail con una longitud de 1,72 kilómetros y una duración de media hora más o menos y el Anse Caiman Nature Trail, una ruta más larga de 2,52 kilómetros con una duración aproximada de 1,5 horas. Ambas rutas son sencillas y el tiempo indicado es el total entre la ida y la vuelta.

Por si os sirve de referencia, nosotros estuvimos una hora por playa hasta llegar a la última y comer allí, por lo que ésta es mi recomendación. Como última anotación, si después de haber explorado la isla decidís quedaros unos días más en esta joya, podríais dar un paseo en barco o ir a hacer snorkel para conocerla más a fondo, o incluso, hacer excursiones a alguna de las islas próximas. 

Estos tours los podéis contratar o bien en vuestro alojamiento (en el mío existía esta posibilidad) o en el centro del pueblo antes de llegar al Inter Island Ferry, donde había a mano derecha un edificio blanco con locales (entre ellos el Cat Cocos) donde ofertan estos tipos de tours. 

Y si os habéis quedado con más ganas de playa e intriga, podéis ir a ver la única playa que os quedaría por conocer, Anse Marron, una playa remota a la que según me dijeron únicamente se puede llegar con un guía, podéis echarle un vistazo a éste y a otros más en Tours en/desde La Digue. Para terminar, mencionaros que hay otro ferry a parte del Cat Cocos llamado Cat Rose que comunica La Digue con Praslin, por si os apetece visitar esta isla vecina y podáis tener así más flexibilidad horaria.

Al igual que en el día anterior, el mapa que os muestro a continuación también es muy sencillo, dado que los dos inicios de las rutas están muy próximos.

Puntos de interés:

Empezaréis este emocionante día con un fantástico paseo mañanero en bicicleta entre casas coloniales y cocoteros hasta llegar al inicio de la primera aventura del día, el Trail Anse Songe (A), donde veréis las dos primeras playas del día. 

Su inicio estaba localizado aproximadamente a unos 100 metros antes de llegar a Grand Anse, concretamente en un desvío que había a mano derecha donde se encontraba el cartel con toda la información sobre la ruta y un montón de gente decidiendo si ir o no. Una vez tomado el sendero con la bici tan solo tendréis que seguir el camino y llegar hasta un pequeño rellano donde veréis unas 4-5 bicicletas aparcadas, no creo que haya más porque yo estuve dos veces y esa era la media. En el caso de que no hubiese ninguna sabréis dónde es porque no se puede seguir sobre la bicicleta.

Una vez aparcado vuestro medio de transporte y la mochila en la espalda, debéis buscar en las rocas unos escalones (poco visibles) que dan comienzo a la ruta y no seguir recto por un sendero que parece el inicio del trail y no lleva a ningún lado, como les pasó a unos que yo conozco viviendo una odisea en chanclas… puesto que ese camino estaba lleno de ramas y tierra que cedía, además de arañas por todos lados y cientos de agujeros con cangrejos muy atentos a los turistas. En mi defensa hé de decir que los escalones eran casi imperceptibles y ese camino parecía el más lógico…

Una vez encontrado los dichosos escalones solo tenéis que seguir el sendero hasta Anse Songe, donde encontraréis una pequeña cala salvaje con un mar muy bravo entre rocas de granito a ambos extremos y una arena de piedras pequeñitas. Esta playa era muy bonita pero tenía muy poco espacio para un baño gratificante, puesto que el agua también estaba llena de piedras grandes, sin embargo, su ubicación era perfecta.

La siguiente es Grand l´Anse, una playa a la que se accedía por una senda marcada en la montaña visible desde la anterior. Grand l´Anse era mucho más grande en comparación con Anse Songe y tenía bastante más arena que piedras, pero todavía había muchas para un baño placentero. Como podéis apreciar en la foto, no la ví en su mayor esplendor, dado que estaba llena de algas en la orilla, pero merece la pena. Para que os hagáis una idea, esta excursión no me llevó más de una hora contando el baño.

Una vez visitadas las dos playas anteriores, pondréis rumbo hacia el mejor trail que hice en las Seychelles, sin tener en consideración el Copolia Natural Trail que hice en Mahé, el Anse Caiman Nature Trail:

La primera maravilla del día que os encontraréis se llama Grand Anse, una playa extensa y ancha con una inmaculada arena blanca súper fina y un agua de lo más cristalina. Esta inmensa playa estaba resguardada en ambos extremos de rocas de granito y contaba con dos chiringuitos, uno justo antes de llegar a ella y otro en la misma, siendo éste último el encargado de hacer unas pequeñas cabañas con ramas secas en la arena para que la gente se resguardase del sol, a cambio de unos cocos. 

Mi sugerencia es que os dirijáis a la parte izquierda de la playa (según llegáis) y os instaléis ahí, ya que había unas rocas lo bastante grandes en mitad de la playa para resguardarse del sol y una zona con palmeras justo donde termina la playa que ofrecían algo de sombra, y eso es de agradecer.

Ahora, empezaréis con el primer tramo del trail a través de la selva, donde es posible que os encontréis con insectos de gran tamaño, llegando a Petite Anse, una playa que aparecerá de repente de la nada tras la vegetación. Petite Anse era muy parecida a la anterior pero un poco más pequeña. Por el contrario, su agua era tan sumamente cristalina que parecía que no existía, nunca había vivido esta sensación a pesar de haber visto bastantes playas con características similares (en cuanto al agua). 

Nuevamente aquí había otro chiringuito y unas mini cabañas para resguardarse del sol a cambio de comprar un coco, pero en este caso hechas con hojas de palmeras. Bajo mi criterio, este chiringuito fue el que menos me gustó, sus empleados/camareros creo que iban un poco chispados. Pero eso sí, la música estaba a tope, así se anima cualquiera.

Seguiréis con la aventura en el siguiente tramo formado por piedras algo resbaladizas hasta llegar a la tercera tercera playa llamada Anse Cocos, una pequeña bahía en forma de U con bastantes rocas graníticas a los extremos y un agua magnífica, algo que ya es un clásico en La Digue. Nada más llegar había un chiringuito con un columpio justo al lado bajo una arboleda y un enorme tronco de árbol tirado en la arena ideal para aprovechar y sacar unas instantáneas de película con las típicas piedras de las Seychelles como telón de fondo. 

A mano derecha veréis una hilera de rocas seychelenses delimitando la playa a las que os incito a ir, puesto que encontraréis un par de mini calas para estar tranquilamente solos tirados sobre la arena blanca, pero debéis estar en alerta, ya que hay un montón de cangrejos al acecho moviéndose continuamente por las rocas. El acceso a estas calas privadas era a través del agua por un camino bastante pedregoso y lleno de algas, pero merecerá la pena, os lo aseguro.

En el otro extremo había otro chiringuito pero no daba buena impresión, estaba viejo y parecía que se iba a derrumbar. Junto a éste se encuentra el sendero para ir hacia Anse Caiman y una pequeña piscina natural. Si tengo que elegir uno de los chiringuitos, obviamente me quedo con el primero, porque parecía más higiénico, bonito y además el cóctel de fruta estaba buenísimo y tampoco escatimaron con el Takamaka. Los cócteles sin alcohol tenían un precio de 100 SCR (7€) y con alcohol 150 SCR (10€).

Y ahora emprenderéis la última parte del trail ya más acostumbrados a ver mil pies y arañas enormes para llegar a la última playa llamada Anse Caiman, una mini cala muy llamativa encallada entre un montón de piedras de granito y vegetación creando un entrono muy acogedor, y para colmo, había una hamaca para relajarse bajo las palmeras y ¡un chiringuito con barbacoa!. 

Aquí servían apetitoso pescado fresco hecho a la brasa acompañado con arroz y una sala bestial por solo 300 SCR (20€) más un coco y agua. Asimismo, Anse Caiman debe ser un buen sitio para practicar snorkel porque la mayoría de las personas que había en la playa (unas 7-8 contándonos a nosotros) estaban con sus gafas buscando pececillos. Así que ya sabéis, si lleváis gafas de bucear podéis entreteneros conociendo la fauna marina de la isla.

Este lugar era encantador, pero no obstante, apenas había espacio para un baño confortable, dado que tenía muchas piedras dentro del agua y encima estaba el barco de los dueños del chiringuito amarrado en la orilla quedando muy poco hueco para bañarse en su única zona con arena. A lo lejos había dos pequeñas calas a las que ví a gente ir y venir sorteando las rocas o por el agua, estás se veían de la misma índole que Anse Caiman, con muchas piedras en el agua.

Y hasta aquí está excursión, espero haberos servido de ayuda para que descubráis La Digue con la misma ilusión que yo, y os llevéis un recuerdo inolvidable que perdure para siempre.

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